PEQUEÑAS HISTORIAS DE GRANDES PACIENTES
A lo largo de estos años como médico, he tenido la oportunidad de vivir historias que me han hecho, en muchos momentos, pararme a mirar la vida desde otro ángulo, con otro ritmo o con una melodía diferente. Siempre he pensado que todo lo que le ha dado a la Medicina, ella me lo ha devuelto con creces. De cada uno de “mis” pacientes he aprendido algo y en muchas ocasiones he sentido que me hubiera gustado compartirlo con el mundo y convertirlos a ellos en narradores universales. Cuando estamos acompañados por la enfermedad, ella misma hace que nos miremos y observemos el alrededor de una forma diferente y casi siempre saca lo mejor de nosotros mismos porque no nos queda otra. Un neurólogo profesor mío siempre me dijo que había que intentar que la enfermedad fuera una anécdota de nuestra vida y no convertir a nuestra vida en anécdota de nuestra enfermedad. De la valentía de cada uno de mis pacientes he obtenido una fuerza gratuita que no se puede quedar ahí, esta es la voz de todas esas personas.
DESPEDIDAS
He querido empezar por una de las primeras historias que viví cuando todavía era una pequeña residente de segundo año en el Hospital de Guadalajara y una de las que marcaría mi futuro como médico. Estando de guardia de planta, me avisaron porque un paciente ingresado se encontraba muy mal y estaba hemodinámicamente inestable, por la clínica y exploración impresionaba de tener un aneurisma roto de aorta y el TAC confirmó el diagnóstico. Había que trasladarlo a Cirugía Vascular del Gregorio Marañón, así que hablamos con dicho Servicio y organizamos todo para el traslado urgente.
Eran las tres de la madrugada y mi mayor preocupación era que ese paciente podría fallecer en un 90% de posibilidades antes de llegar al hospital y en otro 90% aunque se hiciera la intervención. Y si así fuera, no se habría podido despedir de su mujer que estaba cuidando los nietos, porque sus hijos estaban de viaje. En Guadalajara a esas horas, un día entre semana y en aquella época no había taxis y la mujer no podía dejar a los bebes solos. Hablé con la policía municipal y expliqué la historia, pensé que me mandarían a la mierda, pero sin embargo, se sintieron cómplices de algo que estaba más allá de sus obligaciones personales y habituales. Así que fueron a buscar a la mujer y al mismo tiempo hablamos con una vecina que se quedó con los niños. La mujer estuvo un rato con su marido a solas y cuando la camilla de él salió por el pasillo hacia la ambulancia una corte de recibimiento y despedida estaba aguardando, las enfermeras, auxiliares, camilleros y policía, formaban el séquito, Ninguno de los que estábamos allí olvidaremos como él cogiendo la mano de su mujer le dijo “No te preocupes, he sido inmensamente feliz a tu lado y me voy tranquilo y feliz”.
El paciente llegó al Hospital, fue operado pero falleció en la intervención. Una semana más tarde hablé con su mujer y me explico que estaba triste, pero al igual que su marido tranquila, porque aquellas palabras le acompañarían de por vida.
Ese día aprendí de la importancia de las despedidas, pero también pensé que aquellos que no hayan podido despedirse de sus familiares, tomen esta frase como propia porque estoy segura que la mayoría de nosotros, si un día nos tenemos que ir, pensaremos en los momentos más bonitos que hemos vivido.
DOLOR COMPARTIDO
En otra ocasión, cuando también era residente, estando de guardia de urgencias, nos enteramos que cerca del Hospital había habido un accidente de tráfico en el que un coche se había salido en una curva con dos chicos adolescentes que eran hermanos. Los conocidos empezaron a llamar y llegar al hospital pensando que los habían llevado allí, pero desgraciadamente habían fallecido en el acto y nunca llegaron al Hospital. Los padres de aquellos niños estaban llegando a Valencia para iniciar sus vacaciones y les avisaron sin decirles la cruda realidad, pero explicándoles que estaban muy graves y que estaban en el Hospital, para que en el viaje de vuelta pudieran prepararse psicológicamente.
Aquella circunstancia hizo que la urgencia se llenara de gente y familiares que compartían el dolor y en espera de que llegaran los padres. Improvisamos una sala para que estuvieran cómodos y atendidos. Aquellas horas fueron angustiosas, deseando por un lado que llegaran los padres y que todo pasara y al mismo tiempo que nunca aparecieran, como evitando un dolor aún mayor. Cuando finalmente llegaron, el dolor desgarrador de aquella madre contagió nuestros corazones y fuera de sentirnos peor, simplemente no sentíamos, sólo queríamos entre todos arropar aquel dolor. Aquella imagen se quedaría grabada en mi retina toda la vida y aquel dolor quedó como un recuerdo al que muchas veces volvía preguntándome cómo estaría aquella madre.
Dos años después en una guardia de planta, ya era residente de último año, me llamaron porque un chico de unos 27 años en tratamiento paliativo por una ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), estaba a punto de fallecer, cuando llegué a la habitación, sólo estaba una vecina del chico cogiendo su mano, el chico no tenía familia cercana, entre las dos acompañamos a aquel chico en sus últimas horas y luego nos tomamos un café, hablando de la importancia de acompañar también en el camino hacia la muerte y en entender la muerte como una etapa más. Me sorprendió de la filosofía de esa mujer, en los últimos años se había dedicado a cuidar a aquel chico, que era muy amigo de sus hijos que habían fallecido hacía dos años en un accidente.
El destino me hizo re-encontrarme con ella, ver que estaba bien, que había superado en parte el dolor ayudando a otra persona y feliz porque los amigos de sus hijos les recordaban cada día.
SIEMPRE CON HUMOR
En un día habitual de planta, vi que uno de los ingresos que estaban en mi lista como responsable, era un señor de 85 años, con sangrado digestivo, anemia grave y tensión muy baja. Cuando fui a visitar al hombre, esperaba encontrarme un paciente en muy malas condiciones, grave y postrado. Sin embargo, cuando llegué vi a un Señor que se llamaba Manuel aunque pálido como una pared recién pintada, estaba sentado y esbozaba una sonrisa de oreja a oreja. Comencé a hacerle la historia clínica tras presentarme, para intentar averiguar la causa del sagrado, pero él no quería contestarme y a cambio me contó un chiste y luego otro y finalmente me dijo: “Doctora usted haga lo que tenga que hacer, mientas yo tenga ánimo para sonreír, todo irá bien, en el momento que pierda mi humor, todo habrá acabado y no merecerá que usted pierda más el tiempo conmigo”. Este hombre finalmente tenía un tumor maligno sangrante en el páncreas, sin embargo su humor le hizo mantenerse con ilusión tiempo prolongado, disfrutando de sus chistes al contarlos a otras personas. Su familia me dijo que sonrió hasta el final.
En otra ocasión, un paciente de 92 años, con una infección de un cable de marcapasos que le hacía presentar fiebre y bacteriemia a pesar de tener un tratamiento supresor antibiótico ingresó en el hospital. Se había descartado previamente la cirugía de retirada del cable porque era agresiva y de alto riesgo. Cuando hablé con él, le expliqué que se podía intentar retirarlo mediante esa cirugía, sabiendo el riesgo alto que tenía a nivel quirúrgico o dejarlo, con la posibilidad de seguir presentado estos cuadros de fiebre. El paciente me dijo que prefería operarse y que en la peor de las circunstancias él ya tenía una casa reservada en Montjuic (El cementerio) y que no pasaba nada. Poco antes de la cirugía le dije que si estaba seguro y me dijo: “qué pasa Doctora, ¿ahora se está echando atrás? ¡Pues sí que es poco valiente!”. Le dije muy bien, sólo prométame que cuando le pongan la anestesia pensará en algo bonito. Cuando fui a verle en el postoperatorio, estaba intubado, todo había ido bien, estaba sedado, dormido y con una sonrisa a lo largo de todo el tubo del respirador. Al día siguiente ya estaba bromeando con las enfermeras y cuando le di el alta, me dijo, ¿ahora cuando tengo que volver? Y le dije que de momento no tenía que volver, contestó “Vaya yo quería volver para contarle mis historias”
DIFERENTES FORMAS DE AGRADECIMIENTO
Durante mucho tiempo tuve un paciente que se llamaba Luis y que reingresaba continuamente, era el patriarca de su familia y tenía más de ocho hijos, tenía VIH que le hacía tener múltiples infecciones, básicamente porque no se cuidaba y no hacía el tratamiento. Tenía pendiente varias causas con la justicia, pero los ingresos le hacían evitar la cárcel en muchas ocasiones. Al principio no podía con él, no me hacía caso y era complicado de llevar, pero poco a poco intenté pensar desde su punto de vista y nos fuimos haciendo amigos, hasta el punto que cuando ingresaba ya siempre lo veía yo, era lo mejor para él y mis compañeros. Luis era una buena persona que las circunstancias de la vida le habían hecho delinquir, cometiendo robos y que tenía una primera barrera de desconfianza permanente que cuestionaba todo. Sin embargo, acabó haciendo el tratamiento, cuidándose y de esa forma su familia estuvo más tranquila y orgullosa. Cuando yo, en aquella época cambié a otro Hospital para seguir mi carrera profesional, me despedí de él y me dijo “Doctora lo que usted necesite en esta vida puede contar conmigo, si algún día alguien se porta mal con usted, me llama y yo le doy una paliza”.
En otra ocasión tuve otra paciente, Ana, también HIV que no creía en esta patología, sólo confiaba en los tratamientos naturales e ingresó con una neumonía grave que casi le cuesta la vida, parecía de esas personas que pasan de la medicina convencional, que viven alejadas de la gente y que se sienten más cómodas rodeadas de animales y fuera de la ciudad. Sin embargo, era de las personas más observadoras de otras personas que he conocido, se fijaba si las enfermeras tenían un mal día o bueno, si bajaba en el ascensor del hospital era de las que cuando se iba a cerrar la puerta veía a alguien venir a lo lejos y le daba al botón de abrir rápidamente y el día que se fue de alta me regaló un reloj que se colgaba al cuello. Me dijo “me he fijado que nunca lleva reloj y que le gustan los collares, así lo puede llevar colgado como un collar”. Curiosamente yo siempre he odiado llevar reloj, lo llevaba en las guardias porque era necesario y otras veces metido en el bolsillo de la bata y me encantan los collares, quizá en mi vida nadie me ha hecho un regalo que vaya tanto conmigo.
Existen formas muy diferentes de agradecimiento y en esas formas va implícito en gran parte como somos.
SUEÑOS CUMPLIDOS
DESPEDIDAS
He querido empezar por una de las primeras historias que viví cuando todavía era una pequeña residente de segundo año en el Hospital de Guadalajara y una de las que marcaría mi futuro como médico. Estando de guardia de planta, me avisaron porque un paciente ingresado se encontraba muy mal y estaba hemodinámicamente inestable, por la clínica y exploración impresionaba de tener un aneurisma roto de aorta y el TAC confirmó el diagnóstico. Había que trasladarlo a Cirugía Vascular del Gregorio Marañón, así que hablamos con dicho Servicio y organizamos todo para el traslado urgente.
Eran las tres de la madrugada y mi mayor preocupación era que ese paciente podría fallecer en un 90% de posibilidades antes de llegar al hospital y en otro 90% aunque se hiciera la intervención. Y si así fuera, no se habría podido despedir de su mujer que estaba cuidando los nietos, porque sus hijos estaban de viaje. En Guadalajara a esas horas, un día entre semana y en aquella época no había taxis y la mujer no podía dejar a los bebes solos. Hablé con la policía municipal y expliqué la historia, pensé que me mandarían a la mierda, pero sin embargo, se sintieron cómplices de algo que estaba más allá de sus obligaciones personales y habituales. Así que fueron a buscar a la mujer y al mismo tiempo hablamos con una vecina que se quedó con los niños. La mujer estuvo un rato con su marido a solas y cuando la camilla de él salió por el pasillo hacia la ambulancia una corte de recibimiento y despedida estaba aguardando, las enfermeras, auxiliares, camilleros y policía, formaban el séquito, Ninguno de los que estábamos allí olvidaremos como él cogiendo la mano de su mujer le dijo “No te preocupes, he sido inmensamente feliz a tu lado y me voy tranquilo y feliz”.
El paciente llegó al Hospital, fue operado pero falleció en la intervención. Una semana más tarde hablé con su mujer y me explico que estaba triste, pero al igual que su marido tranquila, porque aquellas palabras le acompañarían de por vida.
Ese día aprendí de la importancia de las despedidas, pero también pensé que aquellos que no hayan podido despedirse de sus familiares, tomen esta frase como propia porque estoy segura que la mayoría de nosotros, si un día nos tenemos que ir, pensaremos en los momentos más bonitos que hemos vivido.
DOLOR COMPARTIDO
En otra ocasión, cuando también era residente, estando de guardia de urgencias, nos enteramos que cerca del Hospital había habido un accidente de tráfico en el que un coche se había salido en una curva con dos chicos adolescentes que eran hermanos. Los conocidos empezaron a llamar y llegar al hospital pensando que los habían llevado allí, pero desgraciadamente habían fallecido en el acto y nunca llegaron al Hospital. Los padres de aquellos niños estaban llegando a Valencia para iniciar sus vacaciones y les avisaron sin decirles la cruda realidad, pero explicándoles que estaban muy graves y que estaban en el Hospital, para que en el viaje de vuelta pudieran prepararse psicológicamente.
Aquella circunstancia hizo que la urgencia se llenara de gente y familiares que compartían el dolor y en espera de que llegaran los padres. Improvisamos una sala para que estuvieran cómodos y atendidos. Aquellas horas fueron angustiosas, deseando por un lado que llegaran los padres y que todo pasara y al mismo tiempo que nunca aparecieran, como evitando un dolor aún mayor. Cuando finalmente llegaron, el dolor desgarrador de aquella madre contagió nuestros corazones y fuera de sentirnos peor, simplemente no sentíamos, sólo queríamos entre todos arropar aquel dolor. Aquella imagen se quedaría grabada en mi retina toda la vida y aquel dolor quedó como un recuerdo al que muchas veces volvía preguntándome cómo estaría aquella madre.
Dos años después en una guardia de planta, ya era residente de último año, me llamaron porque un chico de unos 27 años en tratamiento paliativo por una ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), estaba a punto de fallecer, cuando llegué a la habitación, sólo estaba una vecina del chico cogiendo su mano, el chico no tenía familia cercana, entre las dos acompañamos a aquel chico en sus últimas horas y luego nos tomamos un café, hablando de la importancia de acompañar también en el camino hacia la muerte y en entender la muerte como una etapa más. Me sorprendió de la filosofía de esa mujer, en los últimos años se había dedicado a cuidar a aquel chico, que era muy amigo de sus hijos que habían fallecido hacía dos años en un accidente.
El destino me hizo re-encontrarme con ella, ver que estaba bien, que había superado en parte el dolor ayudando a otra persona y feliz porque los amigos de sus hijos les recordaban cada día.
SIEMPRE CON HUMOR
En un día habitual de planta, vi que uno de los ingresos que estaban en mi lista como responsable, era un señor de 85 años, con sangrado digestivo, anemia grave y tensión muy baja. Cuando fui a visitar al hombre, esperaba encontrarme un paciente en muy malas condiciones, grave y postrado. Sin embargo, cuando llegué vi a un Señor que se llamaba Manuel aunque pálido como una pared recién pintada, estaba sentado y esbozaba una sonrisa de oreja a oreja. Comencé a hacerle la historia clínica tras presentarme, para intentar averiguar la causa del sagrado, pero él no quería contestarme y a cambio me contó un chiste y luego otro y finalmente me dijo: “Doctora usted haga lo que tenga que hacer, mientas yo tenga ánimo para sonreír, todo irá bien, en el momento que pierda mi humor, todo habrá acabado y no merecerá que usted pierda más el tiempo conmigo”. Este hombre finalmente tenía un tumor maligno sangrante en el páncreas, sin embargo su humor le hizo mantenerse con ilusión tiempo prolongado, disfrutando de sus chistes al contarlos a otras personas. Su familia me dijo que sonrió hasta el final.
En otra ocasión, un paciente de 92 años, con una infección de un cable de marcapasos que le hacía presentar fiebre y bacteriemia a pesar de tener un tratamiento supresor antibiótico ingresó en el hospital. Se había descartado previamente la cirugía de retirada del cable porque era agresiva y de alto riesgo. Cuando hablé con él, le expliqué que se podía intentar retirarlo mediante esa cirugía, sabiendo el riesgo alto que tenía a nivel quirúrgico o dejarlo, con la posibilidad de seguir presentado estos cuadros de fiebre. El paciente me dijo que prefería operarse y que en la peor de las circunstancias él ya tenía una casa reservada en Montjuic (El cementerio) y que no pasaba nada. Poco antes de la cirugía le dije que si estaba seguro y me dijo: “qué pasa Doctora, ¿ahora se está echando atrás? ¡Pues sí que es poco valiente!”. Le dije muy bien, sólo prométame que cuando le pongan la anestesia pensará en algo bonito. Cuando fui a verle en el postoperatorio, estaba intubado, todo había ido bien, estaba sedado, dormido y con una sonrisa a lo largo de todo el tubo del respirador. Al día siguiente ya estaba bromeando con las enfermeras y cuando le di el alta, me dijo, ¿ahora cuando tengo que volver? Y le dije que de momento no tenía que volver, contestó “Vaya yo quería volver para contarle mis historias”
DIFERENTES FORMAS DE AGRADECIMIENTO
Durante mucho tiempo tuve un paciente que se llamaba Luis y que reingresaba continuamente, era el patriarca de su familia y tenía más de ocho hijos, tenía VIH que le hacía tener múltiples infecciones, básicamente porque no se cuidaba y no hacía el tratamiento. Tenía pendiente varias causas con la justicia, pero los ingresos le hacían evitar la cárcel en muchas ocasiones. Al principio no podía con él, no me hacía caso y era complicado de llevar, pero poco a poco intenté pensar desde su punto de vista y nos fuimos haciendo amigos, hasta el punto que cuando ingresaba ya siempre lo veía yo, era lo mejor para él y mis compañeros. Luis era una buena persona que las circunstancias de la vida le habían hecho delinquir, cometiendo robos y que tenía una primera barrera de desconfianza permanente que cuestionaba todo. Sin embargo, acabó haciendo el tratamiento, cuidándose y de esa forma su familia estuvo más tranquila y orgullosa. Cuando yo, en aquella época cambié a otro Hospital para seguir mi carrera profesional, me despedí de él y me dijo “Doctora lo que usted necesite en esta vida puede contar conmigo, si algún día alguien se porta mal con usted, me llama y yo le doy una paliza”.
En otra ocasión tuve otra paciente, Ana, también HIV que no creía en esta patología, sólo confiaba en los tratamientos naturales e ingresó con una neumonía grave que casi le cuesta la vida, parecía de esas personas que pasan de la medicina convencional, que viven alejadas de la gente y que se sienten más cómodas rodeadas de animales y fuera de la ciudad. Sin embargo, era de las personas más observadoras de otras personas que he conocido, se fijaba si las enfermeras tenían un mal día o bueno, si bajaba en el ascensor del hospital era de las que cuando se iba a cerrar la puerta veía a alguien venir a lo lejos y le daba al botón de abrir rápidamente y el día que se fue de alta me regaló un reloj que se colgaba al cuello. Me dijo “me he fijado que nunca lleva reloj y que le gustan los collares, así lo puede llevar colgado como un collar”. Curiosamente yo siempre he odiado llevar reloj, lo llevaba en las guardias porque era necesario y otras veces metido en el bolsillo de la bata y me encantan los collares, quizá en mi vida nadie me ha hecho un regalo que vaya tanto conmigo.
Existen formas muy diferentes de agradecimiento y en esas formas va implícito en gran parte como somos.
SUEÑOS CUMPLIDOS
Recuerdo una paciente que fue diagnosticada de un tumor primario de hueso iliaco, aunque había que hacer diferentes pruebas diagnósticas ella quería irse a un país en América del Sur porque su hija iba a dar a luz y quería estar allí y conocer a su nieta. Me llamo la atención que tomara esa decisión en un momento tan delicado y cuando mi mente estaba sólo en la posibilidad de un mal pronóstico, sin embargo, era como si para ella su prioridad en ese momento fuera otra y no era una forma de ignorar la realidad, sino más bien el presentimiento que la llevaba a seguir lo que más deseaba en ese momento. El caso es que fue, volvió e ingresó para las pruebas, las mismas confirmaron un tumor muy agresivo, diseminado y un pronóstico infausto. Su marido me había contado que se habían casado de jovencitos y que desde entonces no se habían separado en las 24h horas del día, incluso trabajaban juntos, me explicó que estar en un restaurante sin ella en frente no tenía sentido para él.
Darle a aquel marido aquella noticia, era algo que producía falta de aire sólo de pensarlo. El marido, lógicamente se vino abajo, pero una vez aceptada la noticia, optó por luchar por que su mujer ni sufriera ni se enterara de que la muerte la estaba llamando, él sabía que ese hubiera sido su deseo y actúo en algún sentido de la misma forma que ella, siguiendo un presentimiento de lo que en aquel momento su corazón le decía y sin pensar más allá, le habló de los viajes que harían cuando saliera del hospital, animaba a las enfermeras y a mí misma a estar con una sonrisa, le preparó el funeral más bonito que hubiera soñado y una vez pasado todo, me decía “aunque ella haya fallecido con la edad que tiene, en realidad es como si tuviera el doble, porque hemos vivido nuestra vida intensamente, absorbiendo cada momento, haciendo todo lo que hemos deseado”.
Me encantó ver como ambos tomaron sus decisiones movidos por el corazón y sin mirar a un futuro más lejano, a veces es la mejor forma de afrontar la vida, mirando a sólo unos pasos y dejando que el corazón y la intuición nos marque el camino.
Darle a aquel marido aquella noticia, era algo que producía falta de aire sólo de pensarlo. El marido, lógicamente se vino abajo, pero una vez aceptada la noticia, optó por luchar por que su mujer ni sufriera ni se enterara de que la muerte la estaba llamando, él sabía que ese hubiera sido su deseo y actúo en algún sentido de la misma forma que ella, siguiendo un presentimiento de lo que en aquel momento su corazón le decía y sin pensar más allá, le habló de los viajes que harían cuando saliera del hospital, animaba a las enfermeras y a mí misma a estar con una sonrisa, le preparó el funeral más bonito que hubiera soñado y una vez pasado todo, me decía “aunque ella haya fallecido con la edad que tiene, en realidad es como si tuviera el doble, porque hemos vivido nuestra vida intensamente, absorbiendo cada momento, haciendo todo lo que hemos deseado”.
Me encantó ver como ambos tomaron sus decisiones movidos por el corazón y sin mirar a un futuro más lejano, a veces es la mejor forma de afrontar la vida, mirando a sólo unos pasos y dejando que el corazón y la intuición nos marque el camino.